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La leyenda de Alcione

 

Ceix, hijo de la Estrella vespertina y de la ninfa Filo, asus­tado por ciertas predicciones siniestras, resolvió cruzar el mar y trasladarse a Claros, en Asia Menor, donde había un famoso oráculo de Apolo. Su fiel esposa Alcíone, hija del dios de los vientos Éolo, y con la cual le unía un amor entrañable, trató con quejas y tiernos reproches, de disuadirle de su propósito, o siquiera de llevarla consigo en tan peligroso viaje. A pesar de que las palabras y lágrimas de su compañera le conmovieron hasta lo más hondo del corazón, él no cedió sin embargo y procuró infundirle ánimo a fuerza de consuelos.

—Cierto que se nos hará difícil la separación —decíale—, pero te juro por mi radiante padre que si el destino quiere devolverme a la patria, estaré de regreso antes de que la luna se haya renovado por dos veces.

Acto seguido mandó varar su barco y tomar todas las disposiciones para el viaje. Al despedirse, Alcíone no pudo contener su indecible dolor:

— ¡Adiós! —dijo, cayendo desmayada en la orilla.

El tierno esposo hubiese querido demorarse, pero ya los mozos de la tripulación comenzaban a mover los remos y a hacer saltar espuma de las olas; no pudo, pues, dilatar la partida por más tiempo y saltó a bordo. Cuando Alcíone alzó los húmedos ojos, vio a su esposo amado que, de pie en la popa, le enviaba con la mano los últimos adioses. Ella, respondiéndole de igual modo, fue siguiendo con la mirada el barco que se alejaba veloz, hasta que la blanca vela se esfumó en el horizonte. Entonces regresó ella a su casa solitaria y, arrojándose llorando en el lecho, dio suelta a sus cuitas por el marido ausente.

Entretanto, los expedicionarios iban entrándose en alta mar; empezó a soplar una suave brisa, dejáronse los remos y el viento favorable hinchó las velas. Habían superado ya la mitad de la travesía y el barco se hallaba a igual distancia de las dos opues­tas orillas, cuando, hacia el atardecer, llegaron del Sur las primeras ráfagas del terrible Euro, coronando las olas de blanca espuma. Levantóse una furiosa tempestad:

— ¡Bajad las vergas, aprisa! —gritó el timonel—, ¡atad fuertemente las velas a las pértigas!

Pero sus voces se ahogaban en el estrépito de la tormenta y en el mugido de las olas. Cada cual se apresuraba a hacer lo que creía más acertado: uno recogía un remo, otros cierran las escotillas; acá se arriaban las velas, acullá se achicaba el agua que un golpe de mar echara en el barco. Y en medio de esta confusión crecía la furia de los vientos que levantaban las olas hasta el cielo. Desanimado, el patrón de la nave permanecía inmóvil, reconociendo que ignoraba la situación y lo que debía ordenar o prohibir.

Negros nubarrones velan el éter y desciende la noche oscura, iluminada sólo por el rayo que rasga el espacio. Retumba ince­sante el trueno y las olas se elevan cada vez más anegando el barco en sus saladas aguas. La tripulación grita, ya los maderos empiezan a ceder y una ola gigantesca invade el seno de la nave. La desesperación se apodera de la mayoría de los hom­bres : uno llora, otro ha quedado como petrificado; tal envidia a los felices que encuentran una tumba en tierra firme; esotro invoca a los dioses, levantando en vano los brazos al cielo invi­sible; aquél piensa en los seres amados que dejó en casa, el padre anciano, la tierna esposa, los lozanos hijos. Ceix piensa únicamente en Alcíone, sólo su nombre se escapa una y otra vez de sus labios. Sin embargo, por mucho que su corazón suspire por ella, ¡cuan contento está de que se halle lejos! ¡Ah, cómo quisiera volver el rostro hacia la patria orilla, extender, moribundo, las manos hacia la tierra donde la amada mora! pero entre las tinieblas impenetrables de la noche, no sabe de qué lado ha de volverse. De pronto, el astillado mástil se derrumba, rompiendo el timón en su caída. Orgullosa de su botín, elévase la ola victoriosa y la nave se sepulta en los abismos del mar. Muchos de los marinos son arrastrados por el remolino y desaparecen para no volver ya con vida. Ceix sujeta una mísera tabla con la misma mano que en otro tiempo empuñó el cetro.

—¡Alcíone! —grita, sintiendo paralizársele los brazos—; ¡Alcíone! —suspira al cerrarse las olas sobre su cabeza—; Alcíone! —murmura por vez postrera la boca del moribundo.

Su padre celestial, que no pudo retirarse del firmamento, cubrióse el rostro con las opacas nubes para no tener que contemplar la muerte del hijo querido.

Mientras, Alcíone, ajena a toda aquella tragedia, iba contando los días y las noches que faltaban aún por transcurrir antes del regreso del marido idolatrado; ya disponía los vestidos que uno y otro habrían de ponerse; ni tampoco se olvidaba de ofrecer sacrificios a los dioses, particularmente a Hera, rogándoles que le devolviesen sano y salvo al esposo querido. Hera, que la mi­raba con tristeza, dijo a Iris, la mensajera de los dioses:

—Corre a la corte del dios del sueño y pídele que envíe a Alcíone una visión, bajo forma del difunto Ceix, que le anuncie su verdadero destino.

Inmediatamente se ciñó Iris su túnica de mil colores y, desli­zándose por el radiante arco, descendió rauda hasta las pétreas moradas del dios. Lejos, en el borde occidental del disco terres­tre, hay una montaña con una amplia y profunda gruta; allí reside el dios del sueño. Nunca penetran en ella los rayos de Helios; una espesa niebla sube del suelo y lo envuelve todo en la penumbra. Ningún sonido, ni un ladrido de perro ni una voz humana interrumpen el eterno silencio; sólo un manso riachuelo fluye con somnífero murmullo junto a la entrada de la caverna y en sus orillas crecen infinitas hierbas aromáticas, de las cuales la Noche extrae soporíferos jugos. No hay en aquella habitación puerta alguna que rechine; expedita está la entrada. En mitad del antro, un lecho de ébano aparece cubierto con tupidas colchas, en las cuales reposa el dios, relajados los miembros por un dulce abandono, y en su torno yacen, bajo mil formas distintas, los sueños, sus hijos.

Al entrar Iris en la gruta, el brillo de sus vestiduras iluminaron de pronto toda la mansión. El dios del sueño abrió con esfuerzo los ojos, volvió a cerrarlos una y otra vez y, moviendo la cabeza como bajo los efectos del vino, sacudióse al fin y se incorporó sobre un brazo:

—¿Qué embajada me traes, resplandeciente Iris? —preguntó.

Diligente transmitió la divina mensajera su encargo y se volvió en seguida al Olimpo, incapaz de soportar por más tiempo las fragancias embriagantes que impregnaban toda la caverna. El sueño escogió entre mil hijos a Morfeo para llevar a cabo la orden divina, puesto que éste era particularmente hábil en re­medar el porte, la voz, la figura y el rostro de los humanos. El viejo dejóse caer de nuevo en el lecho, envolviéndose la cabeza en las blandas almohadas, mientras Morfeo, con sus alas silen­ciosas, emprendía el vuelo a través de la noche e iba a posarse sobre la cama donde dormía Alcíone. Adoptando la figura del ahogado, pálido como la muerte, desnudo, la barba y el cabello chorreantes, bañadas de lágrimas las mejillas, dijo así:

—¿Conoces aún a tu Ceix, pobre mujer mía, o es que la muerte ha transformado mis rasgos? Mírame y me reconocerás. Pero, ¡ay!, en lugar de tu esposo no verás sino su sombra. He muerto, querida. Mi cadáver flota en el Mar Egeo, donde la tempestad hizo pedazos nuestra nave. Así, pues, ponte ropas de luto y dedícame tus lágrimas, para que no haya de vagar por los tristes infiernos sin que alguien me llore.

Temblando alargó ella en sueños los brazos; un sollozo salido de su propio pecho la despertó:

—¡Oh quédate! ¿Por qué te vas? —exclamó, dirigiéndose a la ilusoria imagen que se esfumaba—. ¡Déjame ir contigo!

Pero cuando, poco a poco, cobró plena conciencia de las cosas, golpeándose la cabeza con las manos, arrancóse en rubio cabello ensortijado, rasgóse las vestiduras y prorrumpió en gritos de infinito dolor.

Así llegó la mañana. Entonces Alcíone se dirigió a la playa para visitar el lugar donde diera a su esposo amado el último adiós. Mientras con ojos llorosos miraba la azul lontananza, de repente de entre las olas, a gran distancia de la orilla, surgió algo parecido a un cuerpo humano. Las olas lo fueron aproxi­mando progresivamente y a medida que se acercaba iban borrán­dose los pensamientos de la mujer. Ya, ya llegaba flotando a tierra:

—¡Es él! —grita la infeliz, tendiendo las manos en dirección del cadáver del adorado esposo—: ¿Es, pues, así como vuelves a mí, desventurado? ¡Ea, acógeme entonces, yo voy a ti!

Y va a lanzarse a las olas, cuando he aquí que unas alas la levantan en el aire y ella, gimiendo dolorosamente, las agita como el ave, a ras de las aguas, para posarse sollozando sobre el pecho del marido muerto. Y, ¿no se diría que él siente la proximidad de la leal esposa? Sí, ciertamente; los dioses com­pasivos transforman su figura y le infunden nueva vida. Troca­dos en alciones, los esposos se conservan fieles al tierno amor que les uniera, y ya en adelante vivirán en indisoluble matri­monio. A mediados de invierno se dan todos los años siete días bonancibles, en que no sopla ni un hálito de viento, y es entonces cuando Alcíone se queda inmóvil, incubando los huevos en su nido que flota sobre la tersa superficie del mar; pues su padre Éolo encierra en aquella época a los vientos y depara a sus nietos una protectora calma.

El origen de la Navidad

Desde pequeños hemos vivido en nuestros hogares la celebración de LA NAVIDAD y hemos sido influidos poderosamente con una única leyenda: festejar el nacimiento del “niño Jesús”. Incluso decorando nuestros hogares con el BELEN, (que no es otra cosa que un paisaje de Palestina). 

Qué decir tiene que, al igual que me ocurrió a mí, que estudie en un colegio de monjas, la historia sagrada que me contaban y con la que viví durante muchos años, fue precisamente esa: Jesús, el nazareno, había nacido en un Portal de Belén el día 25 de diciembre.

Todo esto nos hace pensar, cuando vamos siendo mayores que, las leyendas JUDAICAS nos ha influido demasiado, y parece, cuando miras a la sociedad; los adornos, los regalos, las misas, los turrones, los belenes, las felicitaciones, los villancicos… etc. que no hay más historia antigua que esta.

Sin embargo todos estos símbolos, incluido el abeto adornado con luces y lazos, no son en absoluto cristianos.

Por fortuna las diferentes disciplinas históricas nos han permitido descubrir una realidad del todo alejada de estas ideas, devolviendo su valor al origen y la TRADICIÓN ANTIGUA, que a través del PAGANISMO (Antigua Religión europea)  hemos ido transmitiendo y guardando durante siglos.

El propio Juan Pablo II publicó estas palabras con la Bendición Apostólica final: “La fecha del 25 de diciembre, como sabéis, es convencional. En la antigüedad pagana se festejaba ese día el nacimiento del Sol invicto, y coincidía con el solsticio de invierno. A los cristianos les pareció lógico y natural sustituir esa fiesta con la celebración del único y verdadero Sol, Jesucristo, que vino al mundo para traer a los hombres la luz de la verdad.

Así que la NAVIDAD CRISTIANA viene del SOLSTICIO DE INVIERNO y del Dies Natalis Solis Invicti.

Sería unos años después, cuando Benedicto XVI, se atreve a derrumbar el mito medieval de unos REYES MAGOS de los tres continentes, pero yendo más lejos aún, más allá de las fábulas originales que hablaban de Oriente. El Papa los hace venir de nuestro afamado, y desconocido TARTESOS. Un Reino andaluz, cuya ciudad nunca apareció, porque, según las últimas investigaciones arqueológicas, se la trago el Atlántico. En concreto la confesión de su Santidad dice: “La promesa contenida en estos textos extiende la proveniencia de estos hombres hasta el extremo Occidente (Tarsis, Tartessos en España), pero la tradición ha desarrollado ulteriormente este anuncio de la universalidad de los reinos de aquellos soberanos, interpretándolos como reyes de los tres continentes entonces conocidos: África, Asia y Europa”.

Bien, sabemos que el REINO DE TARTESOS existió, (innumerables hallazgos arqueológicos e históricos así lo confirman) y que su lujo y cultura fueron maravilla del mundo clásico, no hemos de extrañarnos que quienes escribieron sobre el mito del nacimiento de Jesús, lo hicieran teniendo presentes la Sabiduría y Magia de aquellos nuestros reyes legendarios. A ver si con el tirón papal mediático, en vez de recuperar ermitas cristianas y pecios fenicios, para variar, nos da por dedicar una mihita (que diría un andaluz) de nuestro presupuesto, a seguir buscando la ubicación exacta de nuestro añorado TARTESOS.

Volviendo al mito de la Navidad nos preguntamos: ¿Quiénes antes de los cristianos festejaban el Solsticio de Invierno en Europa?

Precisar la antigüedad  de la celebración del Solsticio de Invierno, es tan arriesgado como precisar cuando la humanidad empieza a darse cuenta de que el sol (el astro de fuego) a últimos de otoño va menguando su duración, y las noches se precipitan.

Las diferentes culturas nos han dejado MITOS SOLARES variados. Pero veamos cómo se desarrollaron los mismos.

UN PASEO POR LA EFEMÉRIDES

Durante el Solsticio de Invierno (22 de diciembre) el Sol alcanza su cenit en el punto más bajo y desde ese momento el día comienza a alargarse, progresivamente, en detrimento de sus noches, hasta llegar al Solsticio de Verano, en que invierte su curso. El término solsticio significa ‘sol inmóvil’, ya que en esos momentos el Sol cambia muy poco su declinación de un día a otro y parece permanecer en un lugar fijo del ecuador celeste.

El Solsticio Hiemal es el acontecimiento que vivifica la Naturaleza con su luz y su calor, razón por la cual, para todas las culturas antiguas, representaba el AUTÉNTICO NACIMIENTO DEL SOL y, con él, toda la Naturaleza comienza a despertar lentamente de su letargo invernal, y los humanos veían renovadas sus esperanzas de supervivencia gracias a la fertilidad de la tierra. En el Solsticio de Invierno, todos los pueblos antiguos celebraban el nacimiento del Astro Rey mediante grandes festejos, caracterizados por la alegría general y acompañados de ceremonias religiosas colectivas, centradas en cantos y danzas rituales y en la recogida de ciertas plantas mágicas, como el muérdago. O llevando regalos a los ABETOS (árbol sagrado del nacimiento del Sol entre las etnias celtas) Las grandes hogueras tenían la función de aprobar el calor y la fuerza de los rayos de un sol recién nacido, que encaraba su curso hacia la primavera, inundando la tierra con su poder regenerador.

Con el desarrollo de las culturas urbanas, los rituales solsticiales agrarios no desaparecieron, sino que se adaptaron a las nuevas circunstancias y necesidades. Por eso, las fiestas paganas más importantes rebasaron el ámbito campesino y se convirtieron en ciudadanas, de forma que la fecundidad que en origen solicitaban para el campo y el ganado, pasó a comprenderse como prosperidad y riqueza para la ciudad.

Si desde hace miles de años y para las culturas y sociedades más diversas, el Solsticio de Invierno ha representado el advenimiento del acontecimiento cósmico por excelencia. No es ninguna casualidad, por tanto, que el NATALICIO DE LOS PRINCIPALES DIOSES relacionados con el Sol (como Osiris, Horus, Apolo, Mitra, Dioniso/Baco, etc) fuese situado durante este periodo temporal.

Nos centraremos en esta ocasión el en mito del dios Mitra, quizá el que más similitud tenga con la LEYENDA DEL NACIMIENTO DE JESÚS: “Mitra, uno de los principales dioses de la religión hindú, objeto de un culto que aparece unos mil años antes de Cristo, cargaba con los pecado y expiaba las iniquidades de la humanidad, era el principal mediador colocado entre el bien (el dios Ormuzd) y el mal (el dios Ahrimaán), el dispensador de luz y bienes, mantenedor de la armonía en el mundo y guardián y protector de todas las criaturas, y era una especie de mesías que, según sus seguidores, debía volver al mundo como juez de los hombres. Era un dios que había nacido de madre virgen, en el Solsticio de Invierno, en una gruta o cueva, fue adorado por pastores y magos, obró milagros, fue perseguido, acabó siendo muerto y resucitó al tercer día”.

En el siglo II de nuestra era, los cristianos solo conmemoraban la Pascua de Resurrección, ya que consideraban irrelevante el momento del nacimiento de Jesús y, además, desconocían absolutamente cuando pudo haber acontecido. Durante el siglo anterior, al comenzar a aflorar el deseo de celebrar el natalicio de Jesús de una forma clara diferenciada, algunos teólogos, basándose en los textos de los Evangelios, propusieron datarlo en fechas tan distintas como el 6 u el 10 de enero, el 25 de ,marzo. El 15 y 20 de abril. Pero el papa Fabián (236-250) decidió cortar por lo sano tanta especulación y calificó de sacrílegos a quienes intentaron determinar la fecha del nacimiento del nazareno. A pesar de la disparidad de fechas apuntadas, todos coincidieron en pensar que el Solsticio de Invierno era la fecha menos probable, si se atendía a lo dicho por Lucas en su Evangelio: “Había en la región unos pastores que pernoctaban al raso y, de noche, se turnaban velando sobre el rebaño. Se les presento un ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvía con su luz…” (Lucas, 2, 8-14). Si los pastores dormían al raso, cuidando de sus rebaños, para que el relato de Lucas fuese cierto y coherente, debía de referirse a una noche de primavera, ya que a finales de diciembre, en la zona de Belén, el excesivo frío impediría que los pastores estuviesen al raso.

Entrado ya el siglo VI, cuando se había concluido el proceso de trasvase de mitos desde los dioses solares jóvenes precristianos hacia la figura de Jesucristo, se decidió fijar una fecha concreta. Dado que a Jesús se le había adjudicado toda la carga legendaria que caracterizaba a su máximo competidor de esos días, el dios MITRA, lo lógico fue hacerle nacer el mismo día en lo que se celebraba el advenimiento de ese joven dios. De esta forma, entre los años 354 y 360, durante el pontificado de Liberio (352-366), se tomó por fecha inmutable la de la noche del 24 al 25 de Diciembre, fecha en la que los romano celebraban el Natalus Solis Invicti, el “nacimiento del Sol Invencible”, un culto muy popular y extendido al que los cristianos no había podido vencer y, claro está, la misma fecha en la que todos los pueblos contemporáneos festejaban la llegada el Solsticio de Invierno. La fecha del 25 de diciembre fue fijada por el orbe católico como algo inamovible, aunque no fue aceptada por la Iglesia oriental que, aún hoy día, sigue celebrando el Natalicio de Jesús el 6 de Enero.

Con la instauración de la Navidad, también se recuperó en Occidente la costumbre de registrar la fecha de los nacimientos. Aunque en las parroquias europeas no se realizaron hasta siglo XII.

Queda claro que la NAVIDAD no es una fiesta cristiana, por mucho que nos hayan influido a través de la religión católica. Ni siquiera es una fiesta para los ateos, ya que desde el principio de los tiempos, se celebró religiosamente el RENCIMIENTO SOLAR. Es, decididamente, una fiesta pagana, y no olvidemos: “PAGANISMO es el nombre que se le da al conjunto de todas las RELIGIONES POLITEISTAS”.

Aprovecho para felicitar de corazón a todos los lectores.

FELIZ SOLSTICIO DE INVIERNO. Que la Luz del recién nacido Sol, os guíe en este nuevo ciclo anual, concediéndoos toda suerte de dichas y deseos cumplidos.

Las relaciones de pareja

Acostumbramos a creer aquello de que “tengo que encontrar mi MEDIA NARANJA”, sin atender a la realidad; YA SOMOS NARANJAS ENTERAS.

Si yo me siento a “medias” entonces estoy descontenta y mi meta es buscar quien me “complemente” quien me haga ser UNA..

Esa DISOCIACIÓN es muy traumática para la mente y para el alma. Voy a vivir triste y desolada.

Cuando encontramos lo que creemos que nos dará la felicidad “NUESTRA MEDIA NARANJA”, entonces pagamos lo que sea para no perderle (nos hipotecamos y dependemos de esa persona), de sus exigencias y de sus peticiones para con nosotros. Se acabó la libertad y pasamos a ser “esclavos” de LA MEDIA NARANJA.

Para ser completamente felices en pareja, hemos de tener en cuenta algunas cosas fundamentales, que de tan poco explicadas, se nos han olvidado por completo:

La primera parte, con pareja o sin ella, es COMPLETARME como ser humano. NO SOY LA MITAD DE NADA. Soy un ser COMPETO Y ENTERO. Lograr esa completitud es costoso, por ser una lección que NO se enseña en el colegio, y hemos de ser observadores de nosotros mismos para VIAJAR AL CENTRO DE NUESTRO SER.

Por otra parte, en la medida que yo soy completa, atraigo a mi vida un compañero completo, ya que las relaciones siempre están a la medida.

En palabras de mi Maestro: “Dos seres completos forman un ser infinito”. Cuando esto ocurre, ya no hay un círculo CERRADO con DOS EGOS. Porque cada uno de los dos, es un círculo cerrado con su EGO, que al unirse al otro círculo forman un OCHO, (un lazo de uno con el otro) el símbolo del Universo. Y ahora no hay DOS EGOS encerrados (Quien se hará dueño del círculo) hay un OCHO en continuo movimiento armónico, y donde uno colabora con el otro, sin invadirle.

El camino hacia la felicidad es el autoconocimiento, y esto se adquiere a través del respeto, el amor y la dignidad que nos debemos a nosotros mismos.

¡Buena suerte en este viaje al centro de tu mundo!

Los Héroes

Píndaro distinguía tres categorías de seres: DIOSES, HÉROES Y HOMBRES.

Para el historiador de las religiones, la categoría de los HÉROES plantea ciertos problemas graves: cuál es el origen y cuál la estructura ontológica de los HÉROES, y en qué medida pueden ser comparados con otros tipos de intermediarios entre los DIOSES y los HOMBRES.

Ateniéndose a las creencias de los antiguos, LOS HÉROES ESTÁN ESTRECHAMENTE EMPARENTADOS, DE UN LADO, CON LOS DIOSES CTÓNICOS Y, DE OTRO, CON LOS HOMBRES MUERTOS.

En realidad no son otra cosa que los espíritus de los difuntos, que permanecen en el interior de la tierra, donde viven eternamente como los dioses, recibían honras y sacrificios, pero el número y el procedimiento de estas dos clases de ritos eran diferentes.

Hay otros autores como Götternamen que sostienen el origen divino de los héroes: “al igual que los demonios, lo héroes proceden de las divinidades “momentáneas” o “particulares”, es decir, de los seres divinos especializados en determinadas funciones específicas.

Farnell propuso una teoría ecléctica que todavía goza de cierto prestigio. Según él, los HÉROES no son todos del mismo origen; entre ellos distingue siete categorías: HÉROES de origen divino o ritual, personajes que han vivido realmente (guerreros o sacerdotes), HÉROES inventados por los poetas y los eruditos, etc. Finalmente en un libro rico en ideas agudas, Gil eroi greci, describió del siguiente modo la “estructura mofológica” de los HÉROES: son personajes cuya muerte tuvo un relieve especial y que tienen relaciones estrechas con el combate, la agonística, la mántica y la medicina, la iniciación de la pubertad y los misterios; fundan ciudades consanguíneos y los “representantes prototípicos”de ciertas actividades humanas fundamentales. Los HÉROES se caracterizan además por ciertos rasgos singulares, incluso monstruosos, y por un comportamiento excéntrico que delata su naturaleza sobrehumana.

De forma sumaria podría decirse que los HÉROES participan de una modalidad existencial (sobrehumana, pero no divina) y actúan en una época primordial, precisamente la que sigue a la cosmogonía y al triunfo de los Dioses. Su actividad se desarrolla después de la aparición de los hombres, pero todavía en la época de los “comienzos”, cuando las estructuras aún no estaban fijadas del todo ni las normas se hallaban suficientemente establecidas. Su propio modo de ser delata el carácter inacabado y contradictorio del tiempo de los “orígenes”.

El nacimiento y la infancia de los HÉROES se diferencian de los que corresponden a los hombres ordinarios. Descienden de los dioses, pero muchas veces se supone que tuvieron una “doble paternidad” (Así por ejemplo, Heracles nació de Zeus y de Anfitrión; Teseo, de Poseidón y de Egeo).

Todos los Héroes de las diferentes mitologías, han sido abandonados poco tiempo después de nacer. Y son alimentados por animales salvajes. Pasan su juventud viajando por países lejanos. Se distinguen por sus innumerables aventuras (especialmente hazañas de guerra y deportivas) y se casan con DIOSAS, entre estas bodas son famosas las de Peleo y Tetis, Niove y Anfión, Jasón y Medea.

Otras actividades de los HÉROES son la de FUNDAR, REVELAR, cierto número de instituciones humanas: las leyes que rigen la ciudad y las normas de la vida urbana, la monogamia, la metalurgia, la escritura, el canto, la táctica, etc. Y son los primeros que practicaron ciertos oficios.

Los HÉROES son sobre todo fundadores de ciudades. Y los personajes históricos que fundan colonias de convierten en HÉROES al morir.

Rasgo característico de los HÉROES es la forma en que mueren. Excepcionalmente, algunos son trasladados a las islas de los Bienaventurados, o desaparecen bajo tierra. Pero en su mayor parte sufren muerte violenta en la guerra o combates singulares, o por traición.

Ocurre a veces que la muerte de los HÉROES es dramática: Orfeo y Penteo son despedazados, Acteón es desgarrado por sus perros, Grauco por los caballos; algunos son devorados o caen heridos por el rayo de algún dios, o son mordidos por una serpiente (Orestes).

Pero a pesar de todo, es su muerte la que conforma y proclama su condición sobrehumana. No son INMORTALES, como los dioses, pero se diferencia de los humanos por el hecho de que siguen actuadon despés de muertos. Los restos de los HÉROES están cargados de una temible potencia MEGICO-RELIGIOSA. Sus tumbas, sus reliquias, sus cenotafios, o sus estelas antropomorfas, irradian poder sobre los mortales durante siglos.

En cierto sentido, podríamos decir, que los HÉROES se aproximan a la condición divina gracias a su muerte, pues gozan de una existencia ulterior ilimitada, ni larvaria ni puramente espiritual, sino consistente en una superviviencia SUI GENERIS, ya que depende de los restos, de las huellas o de los símbolos de sus cuerpos.

Todos estos datos ponene de relieve el VALOR RELIGIOSO de la MUERTE heróica y de los despojos de los HÉROES. Al desaparecer el HÉROE, se convierte en un GENIO TUTELAR que, protege a la ciudad contra las invasiones, las epidemias y toda clase de azotes.

Pero el HÉROE, goza también de una inmortalidad de origen espiritual, de la GLORIA más exactamente, de la perennidad de su nombre. De este modo se convierte en modelo y ejemplo de cuantos se esfuerzan por superar la condición efímera de todo mortal, por salvar sus nombres del olvido definitivo, por sobrevivir en la memoria de los hombres. La HEROIZACIÓN de los personajes reales, se explica por sus hazañas excepcionales, que los separan del resto de los mortales y los “catapultan” a la categoría de los HÉROES.

 

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