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El origen de la Navidad

Desde pequeños hemos vivido en nuestros hogares la celebración de LA NAVIDAD y hemos sido influidos poderosamente con una única leyenda: festejar el nacimiento del “niño Jesús”. Incluso decorando nuestros hogares con el BELEN, (que no es otra cosa que un paisaje de Palestina). 

Qué decir tiene que, al igual que me ocurrió a mí, que estudie en un colegio de monjas, la historia sagrada que me contaban y con la que viví durante muchos años, fue precisamente esa: Jesús, el nazareno, había nacido en un Portal de Belén el día 25 de diciembre.

Todo esto nos hace pensar, cuando vamos siendo mayores que, las leyendas JUDAICAS nos ha influido demasiado, y parece, cuando miras a la sociedad; los adornos, los regalos, las misas, los turrones, los belenes, las felicitaciones, los villancicos… etc. que no hay más historia antigua que esta.

Sin embargo todos estos símbolos, incluido el abeto adornado con luces y lazos, no son en absoluto cristianos.

Por fortuna las diferentes disciplinas históricas nos han permitido descubrir una realidad del todo alejada de estas ideas, devolviendo su valor al origen y la TRADICIÓN ANTIGUA, que a través del PAGANISMO (Antigua Religión europea)  hemos ido transmitiendo y guardando durante siglos.

El propio Juan Pablo II publicó estas palabras con la Bendición Apostólica final: “La fecha del 25 de diciembre, como sabéis, es convencional. En la antigüedad pagana se festejaba ese día el nacimiento del Sol invicto, y coincidía con el solsticio de invierno. A los cristianos les pareció lógico y natural sustituir esa fiesta con la celebración del único y verdadero Sol, Jesucristo, que vino al mundo para traer a los hombres la luz de la verdad.

Así que la NAVIDAD CRISTIANA viene del SOLSTICIO DE INVIERNO y del Dies Natalis Solis Invicti.

Sería unos años después, cuando Benedicto XVI, se atreve a derrumbar el mito medieval de unos REYES MAGOS de los tres continentes, pero yendo más lejos aún, más allá de las fábulas originales que hablaban de Oriente. El Papa los hace venir de nuestro afamado, y desconocido TARTESOS. Un Reino andaluz, cuya ciudad nunca apareció, porque, según las últimas investigaciones arqueológicas, se la trago el Atlántico. En concreto la confesión de su Santidad dice: “La promesa contenida en estos textos extiende la proveniencia de estos hombres hasta el extremo Occidente (Tarsis, Tartessos en España), pero la tradición ha desarrollado ulteriormente este anuncio de la universalidad de los reinos de aquellos soberanos, interpretándolos como reyes de los tres continentes entonces conocidos: África, Asia y Europa”.

Bien, sabemos que el REINO DE TARTESOS existió, (innumerables hallazgos arqueológicos e históricos así lo confirman) y que su lujo y cultura fueron maravilla del mundo clásico, no hemos de extrañarnos que quienes escribieron sobre el mito del nacimiento de Jesús, lo hicieran teniendo presentes la Sabiduría y Magia de aquellos nuestros reyes legendarios. A ver si con el tirón papal mediático, en vez de recuperar ermitas cristianas y pecios fenicios, para variar, nos da por dedicar una mihita (que diría un andaluz) de nuestro presupuesto, a seguir buscando la ubicación exacta de nuestro añorado TARTESOS.

Volviendo al mito de la Navidad nos preguntamos: ¿Quiénes antes de los cristianos festejaban el Solsticio de Invierno en Europa?

Precisar la antigüedad  de la celebración del Solsticio de Invierno, es tan arriesgado como precisar cuando la humanidad empieza a darse cuenta de que el sol (el astro de fuego) a últimos de otoño va menguando su duración, y las noches se precipitan.

Las diferentes culturas nos han dejado MITOS SOLARES variados. Pero veamos cómo se desarrollaron los mismos.

UN PASEO POR LA EFEMÉRIDES

Durante el Solsticio de Invierno (22 de diciembre) el Sol alcanza su cenit en el punto más bajo y desde ese momento el día comienza a alargarse, progresivamente, en detrimento de sus noches, hasta llegar al Solsticio de Verano, en que invierte su curso. El término solsticio significa ‘sol inmóvil’, ya que en esos momentos el Sol cambia muy poco su declinación de un día a otro y parece permanecer en un lugar fijo del ecuador celeste.

El Solsticio Hiemal es el acontecimiento que vivifica la Naturaleza con su luz y su calor, razón por la cual, para todas las culturas antiguas, representaba el AUTÉNTICO NACIMIENTO DEL SOL y, con él, toda la Naturaleza comienza a despertar lentamente de su letargo invernal, y los humanos veían renovadas sus esperanzas de supervivencia gracias a la fertilidad de la tierra. En el Solsticio de Invierno, todos los pueblos antiguos celebraban el nacimiento del Astro Rey mediante grandes festejos, caracterizados por la alegría general y acompañados de ceremonias religiosas colectivas, centradas en cantos y danzas rituales y en la recogida de ciertas plantas mágicas, como el muérdago. O llevando regalos a los ABETOS (árbol sagrado del nacimiento del Sol entre las etnias celtas) Las grandes hogueras tenían la función de aprobar el calor y la fuerza de los rayos de un sol recién nacido, que encaraba su curso hacia la primavera, inundando la tierra con su poder regenerador.

Con el desarrollo de las culturas urbanas, los rituales solsticiales agrarios no desaparecieron, sino que se adaptaron a las nuevas circunstancias y necesidades. Por eso, las fiestas paganas más importantes rebasaron el ámbito campesino y se convirtieron en ciudadanas, de forma que la fecundidad que en origen solicitaban para el campo y el ganado, pasó a comprenderse como prosperidad y riqueza para la ciudad.

Si desde hace miles de años y para las culturas y sociedades más diversas, el Solsticio de Invierno ha representado el advenimiento del acontecimiento cósmico por excelencia. No es ninguna casualidad, por tanto, que el NATALICIO DE LOS PRINCIPALES DIOSES relacionados con el Sol (como Osiris, Horus, Apolo, Mitra, Dioniso/Baco, etc) fuese situado durante este periodo temporal.

Nos centraremos en esta ocasión el en mito del dios Mitra, quizá el que más similitud tenga con la LEYENDA DEL NACIMIENTO DE JESÚS: “Mitra, uno de los principales dioses de la religión hindú, objeto de un culto que aparece unos mil años antes de Cristo, cargaba con los pecado y expiaba las iniquidades de la humanidad, era el principal mediador colocado entre el bien (el dios Ormuzd) y el mal (el dios Ahrimaán), el dispensador de luz y bienes, mantenedor de la armonía en el mundo y guardián y protector de todas las criaturas, y era una especie de mesías que, según sus seguidores, debía volver al mundo como juez de los hombres. Era un dios que había nacido de madre virgen, en el Solsticio de Invierno, en una gruta o cueva, fue adorado por pastores y magos, obró milagros, fue perseguido, acabó siendo muerto y resucitó al tercer día”.

En el siglo II de nuestra era, los cristianos solo conmemoraban la Pascua de Resurrección, ya que consideraban irrelevante el momento del nacimiento de Jesús y, además, desconocían absolutamente cuando pudo haber acontecido. Durante el siglo anterior, al comenzar a aflorar el deseo de celebrar el natalicio de Jesús de una forma clara diferenciada, algunos teólogos, basándose en los textos de los Evangelios, propusieron datarlo en fechas tan distintas como el 6 u el 10 de enero, el 25 de ,marzo. El 15 y 20 de abril. Pero el papa Fabián (236-250) decidió cortar por lo sano tanta especulación y calificó de sacrílegos a quienes intentaron determinar la fecha del nacimiento del nazareno. A pesar de la disparidad de fechas apuntadas, todos coincidieron en pensar que el Solsticio de Invierno era la fecha menos probable, si se atendía a lo dicho por Lucas en su Evangelio: “Había en la región unos pastores que pernoctaban al raso y, de noche, se turnaban velando sobre el rebaño. Se les presento un ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvía con su luz…” (Lucas, 2, 8-14). Si los pastores dormían al raso, cuidando de sus rebaños, para que el relato de Lucas fuese cierto y coherente, debía de referirse a una noche de primavera, ya que a finales de diciembre, en la zona de Belén, el excesivo frío impediría que los pastores estuviesen al raso.

Entrado ya el siglo VI, cuando se había concluido el proceso de trasvase de mitos desde los dioses solares jóvenes precristianos hacia la figura de Jesucristo, se decidió fijar una fecha concreta. Dado que a Jesús se le había adjudicado toda la carga legendaria que caracterizaba a su máximo competidor de esos días, el dios MITRA, lo lógico fue hacerle nacer el mismo día en lo que se celebraba el advenimiento de ese joven dios. De esta forma, entre los años 354 y 360, durante el pontificado de Liberio (352-366), se tomó por fecha inmutable la de la noche del 24 al 25 de Diciembre, fecha en la que los romano celebraban el Natalus Solis Invicti, el “nacimiento del Sol Invencible”, un culto muy popular y extendido al que los cristianos no había podido vencer y, claro está, la misma fecha en la que todos los pueblos contemporáneos festejaban la llegada el Solsticio de Invierno. La fecha del 25 de diciembre fue fijada por el orbe católico como algo inamovible, aunque no fue aceptada por la Iglesia oriental que, aún hoy día, sigue celebrando el Natalicio de Jesús el 6 de Enero.

Con la instauración de la Navidad, también se recuperó en Occidente la costumbre de registrar la fecha de los nacimientos. Aunque en las parroquias europeas no se realizaron hasta siglo XII.

Queda claro que la NAVIDAD no es una fiesta cristiana, por mucho que nos hayan influido a través de la religión católica. Ni siquiera es una fiesta para los ateos, ya que desde el principio de los tiempos, se celebró religiosamente el RENCIMIENTO SOLAR. Es, decididamente, una fiesta pagana, y no olvidemos: “PAGANISMO es el nombre que se le da al conjunto de todas las RELIGIONES POLITEISTAS”.

Aprovecho para felicitar de corazón a todos los lectores.

FELIZ SOLSTICIO DE INVIERNO. Que la Luz del recién nacido Sol, os guíe en este nuevo ciclo anual, concediéndoos toda suerte de dichas y deseos cumplidos.

Otoño

 

Un alma sin voluntad…
… Así abandona su anhelo la Gran madre, después del esfuerzo de la cosecha…
Enrojece, tímida, conmovida ante su Esposo eterno:

«Ahora te marchas, hemos de separarnos de nuevo. Regresa Amado, al Arawun, yo vagaré perdida envuelta en los vientos del Otoño hasta tu vuelta…»

 

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