Cuando se alcanza una EDAD MADURA, hemos tenido que enfrentarnos a ciertas dosis de sufrimientos físico y psíquico. A poco que nos interese la reflexión psicológica, haremos sopesado la relación entre los síntomas de nuestras enfermedades y nuestro bienestar psíquico, especialmente cuando nos sentimos angustiados en cuerpo y alma. Podremos comprender a Hamlet:

“El dolor del corazón y los miles de golpes naturales de los que la carne es heredera”.

El pensamiento más llamativo en las palabras de Shakespeare es que somos hereros del “DOLOR DEL CORAZÓN Y DE LOS MILES DE GOLPES NATURALES”. Son parte de nuestra herencia como seres humanos.

Si eso es así, nuestras enfermedades y nuestros síntomas son una parte esencial de nuestro legado, y como ocurre con cualquier herencia, tenemos responsabilidad hacia ellos y derecho a acceder a su riqueza.

Desde una perspectiva jungiana, podemos ver que nuestros síntomas y nuestras enfermedades son una parte necesaria del proceso de individuación –ese proceso a través del cual recibimos nuestra herencia, nuestro legado como seres humanos, nuestros derechos por nacimiento.

Esta no es la forma en que la mayoría de nosotros hemos visto estas cosas. En nuestros años de juventud, la respuesta más probable al dolor de cualquier tipo es simplemente quitárselo de encima bien sea distrayéndose, haciendo ejercicio o medicándose.

Cuando vamos madurando psicológicamente, debemos aprender a preguntarnos si nuestras heridas y nuestros dolores nos dan claves o pistas hacia un mayor sentido y más salud.

Podemos preguntarnos: “¿Existe alguna posibilidad de que esta enfermedad esté motivada por mi rechazo a aceptar algo? ¿Qué me están queriendo decir estos síntomas?” En algunas circunstancias parece haber una relación muy clara, incluso causal, entre nuestros síntomas de dolor y nuestro estado psicológico. Hemos vivido ocasiones en que un síntoma desaparecía rápidamente cuando hacíamos algún ajuste interno o externo. Una feroz úlcera de estómago desaparecía cuando éramos finalmente capaces de admitir que determinada situación en el trabajo era insostenible y dejábamos ese empleo.

Lo síntomas somáticos aparecen de forma misteriosa y el alivio es con frecuencia difícil de conseguir. Nos enfrentamos a la ardua tarea de esforzarnos en analizar las ataduras psicológicas con los demás, reconociendo dónde nos ha herido un defecto o un exceso de atención parental, y, al mismo tiempo, debemos dejar de lado nuestras insistencia infantil en culpar de nuestras desgracias a nuestros padres, a los demás o al destino. Esos momentos pueden ser francamente difíciles. Ann Ulanov, llama a esto: “La primera oscuridad”, un tiempo realmente de IGNORANCIA, en el que ni vemos ni sabemos que hacer.

Nuestros EGOS no están aún preparados para acoger el deseo apasionado de nuestras psiques. Pero la energía está presente, y se abalanza hacia los objetos sobre los que proyectamos toda nuestra seguridad y nuestra felicidad. Estamos viviendo en la OSCURIDAD, ignorantes de lo que nos mueve y de lo que esto nos exige, y somos tan sólo un cúmulo de ajetreo y de actividad.

En esta nueva Senda, esta asociación secreta con el Ser, exige absolutamente todo de nosotros y desafía todas las formas habituales de pensar, de sentir y de ser con las que no hemos ido enfrentando al mundo:

Los que sabíamos que eran nuestros puntos fuertes no son generalmente los recursos que necesitamos para esta nueva tarea. Son necesarias, por el contrario, partes de nosotros que conocemos escasamente o que infravaloramos. Por supuesto, el coraje, la inteligencia y la perseverancia pueden ser una ayuda, pero nuestras debilidades, nuestra ignorancia y nuestra inocencia son aliados muchos más esenciales en esta nueva relación con el COMPAÑERO SECRETO.

LA ACEPTACIÓN, abandonarnos a nuestro destino, es una de las fuentes de fluidez para llegar al equilibrio y a la armonía de nuestro ser más profundo.

Cuando nos abandonamos, no solo recuperamos nuestra inocencia, sino también nuestra propia HUMANIDAD. Así como el padecimiento neurótico insiste en que no somos limitados –que el sufrimiento “no es aceptable”, para usar un cliché de nuestros días, que no somos frágiles mortales-, el sufrimiento real acepta que somos finitos, débiles y, con mucha frecuencia, simplemente estúpidos. No somos dioses. Desde esta  aceptación pueden fluir aquellas virtudes exclusivamente humanas de empatía hacia los demás, de aceptación de su fragilidad, y el simple amor humano que no exige que los demás sean diferentes de lo que son.

Esta dimensión se alcanza en general en la segunda mitad de la vida pues durante la primera mitad la atención debe inevitablemente centrarse en reforzar el EGO, en la asertividad y la adaptabilidad, más que en la empatía y la compasión, más adelante en la vida es cuando podemos abarcar totalmente nuestra naturaleza humana.

LA FUERZA Y LA DEBILIDAD, corresponden a la misma energía. Cuando aceptamos nuestra debilidad la fuerza se presenta ante nosotros impetuosa para salvarnos.

Pero este tipo de consciencia de nuestra DEBILIDAD y de nuestra HUMANIDAD no debe confundirse con quedarse absorto en uno mismo. Esta consciencia nos lleva a la autocompasión y al remordimiento por nuestras faltas, sino que nos conecta más completamente con los hechos objetivos, internos y externos.

UNA LLAMA EN NUESTRAS MANOS

Solo necesitamos algo de calor, calor que surge desde dentro de nuestro corazón. El afecto puede penetrar en este frígido mundo encapsulado. Puede ser un simple acto amable por parte de otra persona, una mirada, una caricia, una palmada en la espalda, un susurro tierno, lo que rompa esa gélida prisión. Pero debe también existir un movimiento desde nuestro interior, para que la llama de la fuerza vital pueda ser reavivada y vuelva a arder de forma estable. La lógica fría de la depresión exterminará fácilmente a la persona y a la mayoría del mundo, a menos que alguna pequeñas respuesta calurosa –el corazón que rechaza negar la belleza o el valor de alguna parte de nosotros mismos o de otro ser- pueda liberar y permitir esa calidez que, si bien es fácil de apagar, puede extenderse si se la protege, y puede derretir, con atención y tiempo, el soporte glacial de la misma depresión.

PRACTICAR EL AMOR LA EMPATÍA

La imagen vacilante que debemos proteger puede ser la de un ser querido, de un animal de compañía, de un árbol, por el que uno retrasa su “suicidio” al decir: “No, aquí está esto. No puedo rechazar su realidad extinguiendo la mía propia”.

Aquellos que celebran la vida de la forma más estable y elocuente nunca ignoran lo funesto, pues en lo uno está lo otro. Las comedias de Shakespeare incluyen sombras, y sus tragedias señalan alegrías ocultas.

Aceptar la totalidad de la herencia humana no es una tarea reservada a los santos o a los creadores geniales. Es necesario abarcarla en su totalidad si se quiere ser una persona completa: “No habremos estado ni vivos ni muertos”, dice refiriéndose a aquellos que rechazan esa tares. Dice también que es una fuente de creatividad y de vida.

“Mostrar la identidad de los funesto y de lo dichoso, esas dos caras de la misma cabeza divina (bicéfala) una única cabeza que tan solo se presenta de una forma y otra, según sea nuestra distancia respecto de ella o el estado mental con que la percibamos”.