TARTESSOS
EN BUSCA DEL REINO PERDIDO
LA PRIMERA CIVILIZACIÓN DE OCCIDIENTE ESTABA EN EL SUR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA.

El interés por la misteriosa Tartessos se remonta a la Antigüedad. Diversos historiadores y viajeros griegos de los siglos VI al IV a.C. dejaron constancia de lo que se sabía, o creía saberse, sobre aquella civilización. Tal fue el caso de Hecateo de Mileto, de Heródoto y, sobre todo, de Avieno, que en su Ora marítima hablaba de un río llamado Tartessos que ceñía la isla en la que se encontraba la ciudad, también denominada Tartessos. Otro autor del siglo IV a.C., Eforo, se refería igualmente a «un mercado muy próspero, la llamada Tartessos, ciudad ilustre, regada por un río que lleva gran cantidad de estaño, oro y cobre de Céltica».
A todos ellos se sumó una referencia aún más intrigante, la de la Atlántida cantada por Platón en sus Diálogos, particularmente en el Timeo, y que muchos no dudaron en identificar con Tartessos. ¿A qué, si no, podría aludir Platón cuando describe la Atlántida como «una gran isla, más allá de las columnas de Heracles, rica en recursos mineros y fauna animal»?

El primer autor que intentó localizar con exactitud Tartessos fue un filólogo, Antonio de Nebrija, responsable de la primera gramática castellana.

Entre los muy escasos textos históricos conservados sobre la literatura tartésica está un conocido pasaje de Estrabón (III, I, 6) que dice: “Estos (los turdetanos) son considerados los más cultos de los IBEROS (los habitantes de Iberia), puesto que no solo tienen escritura sino que, según dicen por antigua memoria (por tradición), tienen libros y poemas y leyes versificadas de seis mil años”.

Si Estrabón escribe esto hace aproximadamente dos mil años, y sumamos los 6.000 a los que se refiere ¿Estamos hablando de que la enigmática Tartessos data de hace 8.000 años? Así parece.
Este texto de Estrabón es fundamental para probar la existencia de literatura entre los Tartesios como antecesores directos de los Turdetanos, ya que se trata del mismo pueblo, como evidencia su nombre.

Estrabón distingue, dentro de esta literatura tartesia, tres tipos de libros, que pudieran ser anales mítico-históricos y textos rituales; en segundo lugar, “poemas” que, a semejanza de otras literaturas comparables, deben considerarse tanto épicos (heroización y exaltación de la elite), como sacros (rituales), líricos (fiestas) y elegíacos (funerales), finalmente, leyes métricas de seis mil años”.
La existencia de estos tipos de textos, está documentada esencialmente en estelas de carácter funerario. La enseñanza de la escritura se realizaba por medio de silabarios como el hallado en Espanca, Portugal, que se transmitirían a través de escribas. El desarrollo de este sistema de escribas dio lugar a distintas escuelas de escritura, como la identificada en Medellín, lo que supone un ambiente prácticamente urbano.

Los libros a los que alude Estrabón serían libros de crónicas y anales históricos, y es posible que dichos libros pudieran haber recogido tradiciones histórico-míticas procedentes de los poemas épicos ancestrales que se cantarían acompañados de instrumentos musicales como los documentados desde el Bronce Final.
Es bien conocido que los ETRUSCOS, el pueblo más próximo a Tartesos en sentido geográfico y cultural, tenían libros religiosos, LOS RITUALES LIBRI, que codificaban el estatuto de las ciudades según sus ritos fundacionales, pero también tenían poemas, escritos sobre diversas materias, entre otras, en materias perecederas. Este tipo de soporte de la escritura pasó a ser el habitual por todo el Mediterráneo a lo largo del I milenio a.C., pues en gran medida debieron introducirse en el Período Orientalizarte a través de la colonización fenicia. Entre los materiales más usados estaba el lino o LIBRI LINTEI, el papiro, introducido y aportado por los fenicios problemente desde Egipto, cuyo uso está documentado en Cádiz desde el siglo VIII a.C., también el cuero y el pergamino y, en Occidente, las tablillas enjalbegadas. Existirían igualmente placas o láminas de oro para tratados y dedicatorias regias, como las de PIRGI, tablillas de cera para las notas habituales y placas de plomo para cartas y documentos comerciales, como la de PECH MAHO, EN EL Sur de Francia, o la Ampurias, en Gerona.

Adolf Schulten, arqueólogo, historiador y filólogo alemán, célebre por su dedicación a España y sus investigaciones sobre Tartessos.

Sobre el año 1960, Schulten pretendía demostrar que Tartessos yacía en las Marismas de Doñana y pasó a la acción con la ayuda de Bonsor. Se hizo con las herramientas necesarias y dirigió la ambiciosa aventura de localizar allí Tartessos. Pero al final lo único que encontró fueron unas ruinas de época romana en el llamado Cerro del Trigo. Schulten fracasó, pero su contribución no dejó por ello de ser importante. Su obra Tartessos, publicada en 1924, sirvió para ordenar todos los conocimientos que se tenían sobre la antigua civilización del Guadalquivir y constituyó el punto de partida de investigaciones posteriores.
Todos los testimonios legados por las fuentes se refieren a Tarsis o Tartessos como una civilización de alma metalúrgica: «El más elegante de los mercados, la ciudad del oro y la plata…». Tanto es así que Argantonio, el rey tartesio por antonomasia, lleva la plata (Arg-) incorporada a su nombre.
Pero la literatura se elevó a certeza arqueológica el 30 de septiembre de 1958, el día en que una cuadrilla de obreros que trabajaban en un terreno de un club de cazadores de Sevilla –la Real Sociedad de Tiro al Pichón–, en la localidad de Camas, cuatro kilómetros al oeste de Sevilla, hizo un sensacional descubrimiento: un recipiente de barro en cuyo interior aparecieron 16 placas, dos brazaletes, dos pectorales y un collar. Todas las piezas eran de oro macizo y pesaban casi tres kilos. Después de analizarlas, el arqueólogo Juan de Mata Carriazo concluyó que era «un tesoro digno de Argantonio».
El hallazgo del tesoro de El Carambolo (se lo llamó así por el cerro de 91 metros de altura, de este nombre, en el que se encontró) alborotó los foros científicos cuando muchos se resignaban ya a una Tartessos virtual. El Carambolo se convirtió en la imagen de cabecera de la cultura tartesia y Juan de Mata Carriazo, en el padrino del descubrimiento. Durante tres años, Mata Carriazo excavó el yacimiento que representaba a la Tartessos tangible. Desenterró muros, estudió cerámicas, cotejó niveles estratigráficos y demostró, por fin, que Tartessos no era una alucinación de los autores de la Antigüedad.
De este modo, los estudiosos pudieron definir un mapa de la civilización tartesia, que se extendía por la mitad sur de la Península. Diversos yacimientos quedaban, así, asociados con Tartessos: en la provincia de Huelva, los de La Joya y el Cabezo de San Pedro; en la de Sevilla, El Gandul y Carmona; en Córdoba, La Colina de los Quemados; en Bajadoz, Medellín y Cancho Roano, e incluso en Portugal se considera tartesio el yacimiento de Alcácer do Sal. También cabe incluir en el área tartesia la localidad gaditana de Mesas de Asta, la Asta Regia romana. El término Regia es una interesante pista sobre el tipo de organización política del mundo tartésico; investigadores como Manuel Bendala sospechan que alguna élite tartésica gobernó estas tierras antes de que Roma le pusiera nombre.