LA LUNA Y LA MÍSTICA LA LUNA Y EL TIEMPO El sol es siempre igual a sí mismo, no cambia, no tiene ·devenir. La luna, por el contrario, crece y decrece, desaparece, su vida está sujeta a la ley universal del devenir, del nacimiento y de la muerte. La luna, como el hombre, tiene una «historia» patética, porque su decrepitud, como la del hombre, desemboca en la muerte. Durante tres noches no hay una luna en el cielo estrellado. Pero a esta «muerte» sigue un renacimiento: la «luna nueva». Esa desaparición de la luna en la oscuridad, en la «muerte», no es nunca definitiva. Esta es la realidad de la «única leyenda» muerte y vida, son la misma cosa, y una lleva a la otra sin detenerse nunca. Ella renace de su propia sustancia en virtud de su propio destino. Ese eterno retorno a sus formas iniciales, esa periodicidad sin fin hacen de la luna el astro por excelencia de los ritmos de la vida. Por eso no es de extrañar que controle todos los planos cósmicos sujetos a la ley del devenir cíclico: aguas, lluvias, vegetación, fertilidad. Las fases de la luna revelaron al hombre el tiempo concreto, distinto del tiempo astronómico, que probablemente no se descubrió hasta mucho más adelante. Ya en época glaciar se conocían las virtudes y el sentido mágico de las fases de la luna. En las culturas de la región glaciar de Siberia aparecen ya los simplismos de la espiral, de la serpiente, del rayo (derivados todos de la intuición de la luna, en tanto que norma de los camios rítmicos y de la fertilidad. El tiempo concreto se midió probablemente en todas partes, con arreglo a las fases de la luna. Todavía hoy existen algunos pueblos nómadas de cazadores y colectores que no tienen más calendario que el lunar. La raíz indoeuropea más antigua para designar un astro es la de la luna, la raíz ME, que da en sánscrito MAMI, «YO MIDO». Toda la terminología relacionada con la luna en las lenguas indoeuropeas deriva de dicha raíz: MÁS (sánscrito), MAH (avéstico), MAH (antiguo prusiano), MENU (lituano), MÉNA (gótico) MÉNE (griego), MENSIS (latín). Los pueblos celtas se servían de la noche para medir el tiempo. En las tradiciones populares europeas quedan también vestigios de esta manera arcaica de medir; ciertas fiestas se celebran la víspera, como, ANMUNOBIA (Samhain, día de difuntos) y otras muchas relacionadas con los cambios estacionales. Decíamos que este tiempo medido y controlado con arreglo a las fases de la luna era un tiempo «vivo». Se refiere siempre a una realidad biocósmica, a la lluvia o las mareas, a la siembra o al ciclo menstrual. La influencia de la luna en el ritmo lunar rige toda una serie de fenómenos en los «planos cósmicos» más diversos. El «espíritu primitivo», que conoce las «virtudes» de la luna, establece relaciones de simpatía o de equivalencia entre estas series de fenómenos. Así por ejemplo desde los tiempos más remotos, desde el neolítico por lo menos, aparece, en el momento en que se descubre la agricultura, un simbolismo que vincula entre sí a la luna, las aguas, la lluvia, la fecundidad de la mujer y la de los animales, la vegetación, el destino del hombres después de la muerte y las ceremonias de iniciación. El descubrimiento del ritmo lunar hizo posible esas síntesis mentales que ponen en relación y unifican realidades heterogéneas; si el hombre «primitivo» no hubiera intuido la ley de la variación periódica de la luna, no se hubieran descubriendo esas simetrías de estructura ni esas analogías de funcionamiento.