EL ÚNICO TEMA POÉTICO La Poesía -en el sentido del conjunto de casos de los que cada poeta nuevo deduce la idea poética- se ha ampliado cada vez más durante muchos siglos. Los casos son tan numerosos, variados y contradictorios como los del amor, pero, así como «Amor» es una palabra que posee una magia lo suficientemente potente para hacer que el verdadero enamorado olvide sus usos más viles y falsos, así también es la palabra «Poesía» para el verdadero Poeta. Originalmente el Poeta (Sacerdote) era el jefe de una sociedad tomémica de bailarines religiosos. Sus estrofas -«versus» es una palabra latina que corresponde a la griega «strophe» y significa «una vuelta»- eran bailadas alrededor de un altar o en un recinto sagrado y cada estrofa iniciaba una nueva vuelta o un nuevo movimiento en la danza. La palabra «balada» tiene el mismo origen: es un poema bailado, del latín «ballare», bailar. Todas las sociedades totémicas de la antigua Europa se hallaban bajo el dominio de la Gran Diosa, «La Señora de las Cosas Silvestres»: Las danzas eran estaciones y se ajustaban a una norma anual de la que surge gradualmente EL ÚNICO GRAN TEMA DE LA POESÍA. La vida, muerte y resurrección del Espíritu del Año, el hijo y amante de la Diosa. Te «Tema Poético» se malformó a través de las disciplinas eclesiásticas, (como el judeocristianismo y otras). La cruel, caprichosa e icontinente Diosa Blanca, en contra de la benigna, constante y casta Virgen María, no se reconciliaron jamás. Shakespeare, mantuvo en su obra la verdadera Poesía, ya que tuvo un Maestro Bardo. Uno de los personajes de «La Tempestad», Calibán, pone en su boca la más verídica poesía de la obra. «Tranquilízate. La isla está llena de rumores, de sonidos, de dulces aires que deleitan y no hacen daño. A veces un millar de instrumentos bulliciosos resuena en mis oídos, y a instantes son voces que, si a la sazón me he despertado después de un largo sueño, me hacen dormir nuevamente. Y entonces, soñando, diría que se entreabren las nubes y despliegan a mi vista magnificencias prontas a llover sobre mi: a tal punto que, cuando despierto, ¡lloro por soñar todavía!